Feeds:
Entrades
Comentaris

 

Coyunturas de cambio de una cultura institucional
© 1997. Julio Zino Torrazza

Introducción
Al igual que otras instituciones, cada prisión es producto de un momento histórico determinado. La prisión, la cárcel, como las demás instituciones, mantiene un intercambio con su contexto inmediato. A pesar de los muros y de su relativo aislamiento, este intercambio introduce en ellas alteraciones que la hacen oscilar entre la permanencia y el cambio en sus modos de actuar y en sus modos de organizarse, aspectos ambos que en su conjunto conforman la cultura de la organización. Como ocurre con otras construcciones sociales, la prisión orienta su acción de acuerdo a los rasgos que conforman su propia cultura: una cultura que cambia con mayor agilidad que los marcos legales que rigen estas acciones. Este efecto es apreciable cuando contrastamos la acción institucional con lo que las leyes articulan. O cuando comparamos distintas prisiones en distintos momentos o puntos geográficos.Evidentemente la prisión no dejará de ser un lugar privilegiado del control social pero por efecto de estos cambios y estas permanencias irá adaptándose a las diferentes épocas, a la vez que mantendrá incambiados en su acción los rasgos de su más rancia tradición.

Nos proponemos en este trabajo un análisis cultural de la prisión. Entendemos esta cultura que analizaremos como un producto de las construcciones que se han institucionalizado en la historia de la prisión y que ordenan y constriñen las posteriores acciones de sus miembros. Nuestro análisis va dirigido a identificar las diferentes coyunturas internas que se generan en una prisión determinada, las dinámicas que estas coyunturas inducen, las acciones y reacciones de sus miembros, intentando aislar los modos de actuar y los elementos culturales que subyacen a estos fenómenos sociales.
Para eso tomamos como base hechos acontecidos en una prisión concreta en una época concreta. El período que analizaremos en este artículo se enmarca en el transcurso del año 1986.(3) Al comienzo de nuestro período de análisis, las principales características de la prisión que analizamos eran la masificación, el deterioro del clima ambiental y la hegemonía de control monopolizada por el sector regimental. Esta coyuntura comienza a cambiar como resultado de un juego complejo de las acciones de los miembros de la institución: agentes institucionales e internos.
La huelga o el suspenso de un pacto
La masificación y el deterioro del clima ambiental de la prisión habían generado en los primeros meses del año 1986 una “huelga de internos” que había distorsionado gravemente el funcionamiento previsto del establecimiento. El argumento o reivindicación principal de la medida de protesta era la reclamación que los “presos sociales” hacían de las mismas “medidas de reinserción” que en esos momentos se estaban aplicando a los presos pertenecientes a organizaciones armadas.(2)
Una primera observación, sería pués que, interpretada en sus reivindicaciones explícitas, esta protesta iba dirigida hacia los representantes políticos, pero como iremos viendo, los medios utilizados y sus efectos inmediatos la diluyen en un conflicto institucional.
El movimiento de protesta se había iniciado con la negativa de los presos que se ocupaban de los “destinos” a desempeñar sus puestos de trabajo y, poco a poco, había ido siendo acompañada por el resto de la población reclusa. Como una demostración palpable de la importancia de la mano de obra reclusa en el funcionamiento cotidiano de la prisión, la huelga colapsó todos los servicios y comenzó a generar una situación de caos interno.
La situación se enfrentó desde dos vertientes. Por una parte, la Dirección inició acciones de presión hacia los huelguistas y hacia la población reclusa en general, cuyo aspecto emergente fue el traslado selectivo de aquellos que eran considerados “cabecillas” a las celdas de castigo. Aunque no quedara suficientemente claro que quienes eran conducidos a esta situación de apremio fueran los verdaderos líderes de la protesta, lo que en realidad se buscaba con tales medidas era un efecto ejemplarizante que quebrantara la voluntad de quienes de un modo pasivo o activo participaban en la protesta. Como réplica a estas represalias 42 internos se autolesionaron colapsando los servicios médicos de la prisión y obligando en algunos casos a ser trasladados a centros asistenciales externos.
El segundo frente desde el cual se respondió a la protesta intentaba paliar la situación que la abrupta interrupción del trabajo recluso había provocado, en este caso utilizando los servicios de personal de la Cruz Roja para proceder al suministro de alimentos y restablecer un servicio mínimo de retirada de residuos.

La rígida respuesta institucional, relacionada con la represión de la población reclusa, tuvo como consecuencia más inmediata la intervención judicial en el incidente. Entre el Juez de Vigilancia y la Dirección de la prisión se estableció una dialéctica de órdenes y dilaciones en las respuestas que, bordeando en todo momento al desacato, acabó con una acusación judicial del Director por los presuntos delitos de desobediencia a la autoridad judicial y aplicación de sanciones indebidas.

El aplacamiento de la protesta se produce como resultado de una dinámica compleja cuyo rasgo principal fue la escasa acogida que las reivindicaciones de los presos encontró en el exterior: mientras que la política de los responsables penitenciarios aislaba informativamente el suceso, su trascendencia exterior fue tardía y los contenidos informativos que se filtraban eran confusos.(3) Pero además de esta escasa repercusión, los sectores externos potencialmente favorables a los intereses de los internos tampoco se comprometieron a actuar favorablemente a estos intereses: en las entrevistas que los huelguistas mantuvieron con los representantes judiciales estos les transmitieron la idea que las posibilidades de que las reivindicaciones prosperasen eran prácticamente nulas.

Si bien el cese de la protesta permitió restablecer el funcionamiento cotidiano de la prisión, el episodio dejó una profunda marca en la institución, afectando visiblemente la configuración interna y la percepción externa de la misma.(4)

Los incidentes que hemos relatado lejos de ser un hecho aislado, forman parte de ese continuum que es la historia de una institución. Por una parte actúan como antecedente de unas coyunturas que expodremos más adelante, pero también, sirven para ilustrar un sistema de acción concreto de la institución. Nos detendremos pués a exponer brevemente el significado de este y otros conceptos relacionados.

El concepto de sistema de acción concreto es el modo por el cual el conjunto humano que conforma la organización estructura sus relaciones (Bernoux, 1985:149). Estos sistemas tienen su realización a través de los sistemas de regulación de las relaciones y del sistema de alianzas. El sistema de regulación de las relaciones es la manera concreta que los individuos llevan a cabo las reglas establecidas para resolver los problemas a que se enfrentan cuando llevan a cabo las acciones que conforman el funcionamiento de la or- ganización y que da lugar a la aparición de procedimientos de facto instaurados por los miembros involucrados en estas acciones.
La otra componente de los sistemas de acción concreto, los sistemas de alianzas, surge de la interacción e interrelación de los individuos en la organización. Los sistemas de alianzas se realizan en el terreno informal de la institución y aunque originalmente son producto de la acción individual, acaban transformándose en un fenómeno que adquiere el carácter de una red social, conformando bandos o facciones dentro del ámbito social de la organización.(5) El concepto de sistema de acción concreto (en la doble faceta que hemos expuesto) está enmarcado y a la vez es una manifestación de la cultura de una institución u organización. Son los rasgos de estas culturas los que orientan las acciones de los individuos en la organización y que otorgan a estas acciones un cierto carácter de previsibilidad.
En este sentido, la intención de analizar las coyunturas de una institución nos conduce a la identificación y el análisis de sus modos de acción concreto, que a su vez nos conducirá a una interpretación cultural de la institución que vamos a analizar. Pero en esta intención de análisis habremos de tener en cuenta que, como señala Wolcott, la cultura se atribuye, se infiere de las palabras y de las acciones de los miembros de un grupo: no existe como entidad en sí misma y deberá por tanto ser descubierta o revelada.(6)

Partiendo de estas premisas, nos detendremos a analizar algunas singularidades de este episodio. En primer lugar, como antes hemos apuntado, esta huelga no iba inicialmente dirigida contra la prisión (si por ello entendemos el Director y la consiguiente cadena jerárquica), pero sus efectos inmediatos repercutieron en el funcionamiento interno de la institución. Según hemos visto antes, la institución enfrentó el movimiento de protesta desde dos frentes. Por un lado, para intentar dar continuidad a los servicios que la huelga había interrumpido se recurrió a los servicios de una organización que tradicionalmente cumple el papel de neutral en los conflictos bélicos.(7)
Paralelamente, trascendiendo esta solución provisional del conflicto, la institución llevó a cabo una particular estrategia que tenía por objetivo restablecer el status quo anterior. Sin entrar a considerar la pertinencia ni la legalidad de estas acciones, nos interesa analizar las determinaciones por las cuales la Dirección (o más genericamente la institución) se decanta por una estrategia de enfrentamiento duro con los internos como método para acabar con la protesta.(8)
Conjeturando sobre otras posibles estrategias que la prisión podría haber adoptado, podríamos pensar que paliada la atención de las necesidades básicas mediante la intervención de la Cruz Roja, solo cabía ir controlando la evolución de la situación hasta conseguir que su propio desgaste hiciera cesar la protesta. Sin embargo, como hemos observado, con la estrategia escogida la institución se coloca en el lugar del antagonista de la protesta. Es esta elección la que lleva a interrogarnos por la urgencia que hubo en desbaratar el movimiento, aún incurriendo en actuaciones que posteriormente fueron consideradas ilegales.
Una respuesta a este interrogante, que a nuestro entender resulta escasamente explicativa, sería decir que la institución actuó dentro del papel que tiene formalmente asignado en el esquema de ejecución penal del Estado. Dicho de otra manera, interpretar que la institución respondió solidaria y automáticamente a un enfrentamiento, un desafío que los presos lanzaban contra el aparato estatal.(9)
Aún siendo plausible tal interpretación, hemos preferido ensayar otro tipo de análisis que nos permitiera conectar la explicación de este episodio en el conjunto de la dinámica institucional. Pero sobre todo, que nos permitiera entender esta respuesta institucional como parte de una estrategia enmarcada en una determinada cultura institucional y que como tal estrategia formaba parte de un proceso que estuvo determinado por unos antecedentes y que produjo unos desenlaces que se concretaron en nueva configuración institucional.

En este sentido del análisis, podemos considerar la huelga como la ruptura de uno de los esquemas tradicionales de la organización de las prisiones, basado en la utilización de la fuerza de trabajo reclusa. Con esta ruptura se quebró también otro esquema subordinado a éste: la colocación de los internos en estos puestos de trabajo, distanciándose de una contratación laboral al uso, deja en segundo plano las regulaciones legales que rigen estas relaciones en el exterior de la prisión y da prioridad a los principios de intercambio y de relación entre los actores involucrados. Es decir, aún cuando para la prisión sea imprescindible que los internos desempeñen estos trabajos, teniendo en cuenta la abundancia de potenciales aspirantes, quienes llegan a colocarse en estos puestos son aquellos internos que de un modo u otro han establecido con los agentes institucionales un cierto acuerdo de cooperación. En consonancia con este principio, la prisión escojerá y situará en estos puestos claves a aquellos internos con los cuales se haya establecido una especie de acuerdo o de pacto tácito de “algo a cambio de algo”. Siendo un pacto de estas características, su fundamento principal en tanto que relación contractual será la confianza mutua que en diferente grado se dispensen ambas partes.
El segundo aspecto que caracteriza este tipo de trabajo o “contratación” es que su remuneración se establece en días de “redención extraordinaria”. Se podría decir entonces que el salario principal de los “destinos” (aunque no así de otros internos trabajadores cuyo salario era en dinero corriente) es la resta de días de condena, un procedimiento originado durante la Guerra Civil y que continúa hoy en día vigente para algunos de los presos condenados con arreglo al derogado Código Penal.(10)

Pero subyacente a este aspecto manifiesto de la remuneración de los trabajos por “redenciones”, la regla del “algo por algo” recompenza a quienes ocupan los “destinos” con otras retribuciones. De algún modo los “destinos” era (y son) el punto en el cual los intereses de uno y otro sector de la prisión -los que conforman respectivamente internos y personal institucional- se encuentran.

Esa regla de confianza a que hemos aludido anteriormente es la expresión de esta relación que los “destinos” representan. Observado en un sentido, el trabajo relacionado con un “destino” adopta un carácter “voluntario” tanto para quien lo ejerce como para quien lo otorga. Más aún, en determinadas etapas (y la que estamos considerando es característica en ese sentido) llegar a trabajar en un “destino” tiene carácter de “privilegio” ya que, más allá de la relativa importancia del salario basado en las redenciones, el desempeño de estos puestos de trabajo otorga a quien lo ejerce un status cualificado en la institución. Si como ya hemos señalado se trata de puestos escasos, quienes consigan situarse en ellos será después de haber alcanzado cierto grado de “consideración positiva” en la escala de valoración utilizada por los agentes institucionales (y por ende por la institución) y es mediante el desempeño de ese trabajo que esta consideración se profundiza.(11) De acuerdo con la regla de reciprocidad implícita en esta relación -“algo por algo”- estas consideraciones conllevarán otras retribuciones menos reguladas y tangibles que las redenciones extraordinarias y que en el contexto de las privaciones implícitas en la pena de prisión pueden llegar a adquirir formas dispares. Pero en todo caso, en el sentido de la conducta esperada, estas retribuciones adoptan la forma de “informes favorables” de las evoluciones de cada interno en concreto, organizando el flujo informativo sobre el cual la prisión procesará los pronósticos o las evaluaciones de sus internos.(12)

Una hegemonía basada en la “seguridad”
El procedimiento expuesto ilustra la realización de uno de los sistemas de acción concreto -el modo por el cual el conjunto humano que conforma la organización estructura sus relaciones (Bernoux, 1985:149)- característicos de la prisión. Estos sistemas, compuestos de los sistemas de regulación de las relaciones y del sistema de alianzas, aplicados al caso de los “destinos”, nos permite analizar sus características en tanto que procedimiento organizacional. Por una parte, el sistema de regulación de las relaciones -la manera concreta que los individuos llevan a cabo las reglas establecidas para resolver los problemas a que se enfrentan en relación al funcionamiento de la organización- favorece la aparición de procedimientos de facto instaurados por los miembros involucrados en la acción. La selección de los candidatos a ocupar destinos comienza en los niveles más bajos de la cadena jerárquica: los agentes institucionales “informan” de las características de estos candidatos a sus superiores y éstos deciden los “nombramientos” después de contrastar “informes” procedentes de diferentes agentes.(13) El siguiente paso, el nombramiento o colocación de los internos “informados” en sus puestos de trabajo devuelve protagonismo al juego de las interacciones entre individuos situados en los niveles bajos de la cadena jeráquica, cuyas características hemos apuntado anteriormente.

El proceso que venimos exponiendo permite también visualizar la segunda componente de este sistema de acción concreto de la prisión: el sistema de alianzas que se constituye a través de las relaciones que establecen los miembros involucrados. Alianzas entre miembros de grupos apriori dispares como son los internos y el personal institucional, que establecen estos vínculos de un modo estratégico. Dicho de un modo esquemático, el acceso a los “destinos” está precedido de unas alianzas -más o menos incipientes- que se refuerzan -y en ocasiones se defraudan- mediante el propio ejercicio del “destino”. La devolución del protagonismo a los niveles más bajos de la cadena jerárquica, al cual hemos aludido anteriormente, define el escenario en el que estas alianzas tienen lugar.

Es desde estas consideraciones que se puede apreciar que la “huelga de los internos” trastocó mecanismos sociales fundamentales de la prisión. Más allá de la quiebra de una regla simplificada del poder entendido como obediencia, la huelga quebró momentáneamente un pacto entre sectores de la prisión: una regla de economía de poder que permite que esta relación se realice de un modo fluido sin necesidad de utilizar permanentemente los recursos drásticos que en el fondo lo fundamentan. Desde esta perspectiva, la acción institucional de enfrentar el movimiento de protesta con medidas tan severas configura la relación entre sectores de la prisión como si fuesen bandos en pugna, sin vínculos, orientando su acción según una percepción rígida que conceptuaba a la población internada como el “enemigo interno” y emulaba las acciones de los agentes institucionales con las de una fuerza de ocupación de un territorio hostil.(14)
Esta caracterización del “interior penitenciario” es quizás la consecuencia principal de la dialéctica establecida entre el movimiento de protesta y la respuesta institucional. La implantación de tal caracterización actúa como una proclamación oficial de la percepción desde la cual se interpretarían todas las dinámicas y las acciones emprendidas en el “interior”. Cesada la huelga, los pactos antes aludidos se restablecen parcialmente bajo el estricto control de los integrantes del equipo directivo, que orientaría sus acciones y sus decisiones según un riguroso criterio de seguridad interna que acabaría consolidándose como sistema de acción concreto oficial, transmitiéndose y afectando a todos los sectores de la institución.(15)
En definitiva, en la relación que hemos establecido entre sistema de acción concreto y cultura institucional, este modo particular de percibir la institución y sus relaciones se transmite y se practica como un conjunto de rasgos culturales más o menos compartidos por un sector de sus miembros, específicamente el conjunto heterogéneo de los agentes institucionales.

La prisión de esos momentos había heredado de anteriores gestiones una configuración física y social que favorecía la aplicación de estos criterios. Por una parte el edificio, que había sido construido originalmente con las galerías o celdarios distribuidos en forma radial de acuerdo con un principio panóptico, había perdido la “transparencia” propia de este principio al haberse cerrado con chapas de hierro las rejas de entrada que convergían en el “centro”.(16) Lo que antes había sido ideado como parte de una estrategia de supervisión directa de la totalidad de la prisión desde un punto central había ido cambiando y si bien se mantuvo esta idea de supervisión central, se había ido tendiendo a aislar cada galería como una entidad en sí misma.(17)

Con esta reestructura, la autonomía de cada galería aumentó respecto al sistema anterior. Si tenemos en cuenta que estas modificaciones estuvieron justificadas en el deterioro del clima interno de la prisión y su repercusión externa (caracterizada por un período de continuos motines, fugas, existencia de armas de fuego en poder de los internos), la reforma puede interpretarse como una inversión en la seguridad de la prisión.
En el sentido del control que esto supone, la reforma fue una modernización del concepto original en que se inspiraba la concepción panóptica. Expresado de manera simplificada, la seguridad del panóptico estaba fundada más que en el acto de observar, en la obsesión de estar siendo observado continuamente que experimentaban quienes estaban en el ángulo de visión del “centro”. En la estrategia que inspiraba las modificaciones aparece en lugar destacado la idea de aislar, fragmentar la estructura social de la prisión, dificultar la comunicación entre galerías, tendiendo a crear dentro de una misma prisión, cinco o seis prisiones de dimensiones físicas y humanas más reducidas.(18)
Con esta configuración de control, los hechos de cada galería estaban directamente supervisados por los Funcionarios asignados a ellas y salvo en circunstancias en que se produjeran acontecimientos que hicieran necesario reforzar la presencia física de agentes institucionales (conatos de motines, peleas, negativas a salir de la galería, por ejemplo), la vida en cada galería se desarrollaba independientemente del resto.
Pero esta aparente autonomía de cada galería en realidad estaba interrelacionada con el resto de la prisión mediante un circuito informativo que tenía en el “centro” su nodo principal. Al menos en su aspecto formal, este circuito se concretaba mediante los “partes informativos”, a través de los cuales los Funcionarios de cada galería o departamento de la prisión, daban cuenta al Jefe de Servicios de las incidencias que les afectaban y éste a su vez, de acuerdo al contenido de los “informes”, daba continuidad al flujo informativo canalizándolos hacia otros niveles de la organización.(19)
Sobre esta configuración física y organizativa se establecía una gestión de la institución cuya hegemonía pertenecía al sector regimental, que imponía unas maneras de entender el sentido de la pena de prisión y de categorizar a los internos. El procedimiento principal de control de la organización, basado en el monopolio y la centralización en el vértice directivo de la información y de la toma de decisiones, tenía como efecto más notorio la inducción de comportamientos uniformizadores en el colectivo que ejecutaba esas directivas. Para reforzar estas tendencias, complementariamente se practicaba una política de recompensas y sanciones que permitía encauzar el espíritu de colaboración según la línea oficialmente marcada. Utilizando estos procedimientos se buscaba limitar las actuaciones individuales o sectoriales que por su disparidad con la línea oficial podían introducir y hacer prosperar tendencias innovadoras.(20)

Hegemonías, subordinaciones y proyectos postergados
La configuración que estamos analizando, al primar los aspectos de seguridad de la institución y al frenar las acciones divergentes de la línea hegemónica, dejaba fuera de juego a sectores o elementos pertenecientes también a la organización. De acuerdo con la legislación que la orienta, uno de los aspectos característicos de la organización interna de la prisión es la división del personal que la integra según tareas y roles. Si tomamos como referencia esta legislación, observamos que el criterio regulador de esta división se establece a partir de los objetivos que tiene establecido la pena de prisión: “la reeducación y la reinserción social de los sentenciados a penas y medidas penales privativas de libertad, así como la retención y custodia de detenidos, presos y penados” (art. 1, LOGP). La forma expositiva de este artículo sugiere la existencia de un desdoblamiento o una superposición de proyectos en la prisión: rehabilitación y reinserción, en cierto modo contrapuesto a la retención.(21) Pero lo que aparentemente es un desdoblamiento, expresa en realidad el proyecto formal de la prisión: rehabilitación y reinserción desde o a partir de la retención. Aún así, esta dicotomía formal se refleja en el conjunto de los agentes institucionales con la adscripción a sectores, caracterizados por tareas relacionadas con mayor especificidad con uno u otro de los objetivos formales. Dentro de esta adscripción formal, la exposición que hemos realizado ilustra el carácter de las tareas del sector relacionado con la “retención y la custodia”. O dicho con mayor precisión, nuestra exposición ilustra una manera de llevar a cabo este objetivo. Y como veremos a continuación, esta manera concreta -sobre todo la hegemonía desde la cual se establece- dificultaba la acción del sector que tenían asignadas tareas relacionadas con la “reinserción social”.

Este sector, englobado bajo la denominación de Equipo de Observación y Tratamiento, surge a partir de la consolidación de la LOGP, promulgada en 1979.(22) Es pués un sector relativamente nuevo dentro de las prisiones y su implantación en la nueva configuración institucional derivada de la LOGP, era dificultosa. El Equipo, con una composición heterogénea y minoritaria, pugnaba por conquistar su espacio en la institución para poder llevar a cabo sus actividades y aunque estaba amparado y establecido legalmente, su situación de subordinación funcional a la cadena jerárquica de la institución canalizaba sus iniciativas hacia un ámbito de actividad en correspondencia con la norma imperante de “mantenimiento del sistema interno”. En su caso, el nivel de actividad se mantenía circunscripto al ámbito de aquellos asuntos que se consideraban legalmente ineludibles y que aún así llegaban a realizarse con dificultades: informes solicitados vía judicial, clasificaciones, permisos, etc.

Habría que situarse en un ciclo más amplio que el que hemos establecido para dar una explicación más afinada de esta relación desigual y de subordinación, pero aún en este corto ciclo en que llevamos a cabo nuestro análisis, es factible distinguir los factores de esta situación. De un modo general (que después matizaremos), las actividades del Equipo eran secundarias y hasta prescindibles en el mantenimiento del sistema de acción concreto que, con su hegemonía, imponía el sector regimental. Dicho de otro modo, el despliegue de las actividades del sector de “rehabilitación” sólo se podía verificar en aquellos ámbitos en los cuales era legalmente imprescin- dible su participación o cuando estas actuaciones estaban en consonancia con el proyecto directivo: específicamente, las diligencias burocráticas referidas en el párrafo anterior o su cooperación, legalmente ineludible, con la política de control de la prisión a través de los informes de aplicación del régimen previsto en el artículo 10 de la LOGP.(23)

Además de los factores derivados de la hegemonía coyuntural del sector regimental, la relación de subordinación del Equipo al esquema organizativo está determinada por la LOGP y el Reglamento. En ambos textos se establece que el órgano a través del cual el Equipo define su actuación es la Junta de Tratamiento; pero la mayoría de los actos que esta Junta acuerda (por ejemplo, la propuesta de permisos de salida para los internos), para que puedan ser llevados a cabo, deben ser corroborados por la Junta de Régimen y Administración, donde el Equipo no solía tener representación.(24)

En otros asuntos, como en las clasificaciones por grados, el Equipo tenía formalmente mayor autonomía, si bien en ambas Juntas el Director es el Presidente y como tal se hace imprescindible su conformidad (su firma) en la orden por la cual los actos se llevan a cabo o continúan su tramitación.
Como consecuencia de la estructura de la cadena jerárquica de la institución, tanto en sentido objetivo como subjetivo, la participación del Director se constituye como un factor que interviene en las decisiones y proyectos de estos órganos y específicamente de la Junta de Tratamiento.(25)

A pesar que el contexto interno y externo de la institución se evidenciaban favorables a un cambio de funcionamiento de la institución adoptando los postulados “rehabilitadores”, la realidad institucional mantendrá este esquema de subordinación en la relación entre sectores. Al menos durante todo el transcurso del año en que se suceden los hechos de la “huelga de brazos caídos” la coyuntura que hemos ido exponiendo se mantendrá y la institución -con las eventuales presiones, externas e internas, favorables a los cambios- continuará cautiva de un esquema de control monopolizado por los postulados regimentalistas. En cierta manera esto será así porque desde los hechos de la huelga la prisión comenzó a vivir una larga transición en la cual los proyectos y las estrategias de los diferentes sectores se mantuvieron expectantes. Si por una parte el encausamiento judicial del Director hacía prever cambios inminentes en el equipo directivo de la prisión -aunque esta inminencia al final se dilate-, los diversos grupos internos y externos que aspiran a introducir modificaciones en las formas organizativas que suponían cambios en las formas culturales de la institución, esperan este cambio de coyuntura para desplegar sus estrategias. Mientras tanto, a pesar de las críticas más o menos manifiestas, es como si todos estos sectores internos y externos prefirieran mantener un estado de las cosas que aún siéndoles desfavorables a sus intereses al menos conseguía mantener una cierta “pax institucional”. O dicho de otra manera, conseguía mantener bajo control los conflictos internos.

Bajo estas tendencias es que debemos analizar la configuración y las estrategias del sector que ocupa las posiciones minoritarias, englobado en el Equipo de Observación y Tratamiento. Durante el período que estamos analizando el Equipo estaba organizado en tres grupos o subequipos, entre los cuales se distribuían los internos del Centro según las galerías a las que pertenecieran. Cada uno de estos grupos estaba constituido por un Psicólogo, un Criminólogo, una Asistente Social y los Educadores.(26)
Esta composición de los subequipos otorgaba al sector de “tratamiento” en su conjunto, un carácter heterogéneo. En contraposición a lo que ocurría en el sector ligado a tareas regimentales, donde imperaba cierta uniformidad de criterios y de actuación, las actividades del Equipo estaban lastradas por diferentes conflictos derivados de su peculiar configuración y de algunos episodios coyunturales.(27) Si al menos en un plano formal, el Equipo representaba la “oposición” a los postulados que regían la vida institucional, tal “oposición” no llegaba a ejercerse de un modo pleno. El caso de las peculiares relaciones entre “Técnicos” y Educadores centran este aspecto del análisis.

Estas relaciones estaban signadas, como iremos viendo, por los diferentes modos de inserción que cada uno de ellos tenía en el medio institucional (y consiguientemente los vínculos que cada grupo establecía con los otros estamentos de la institución) y en la influencia que esas experiencias tenían en el proyecto profesional y personal de los miembros de cada grupo.
La configuración de las interrelaciones de ambos colectivos en el sistema organizacional pueden ser analizados como sistemas de acción concretos particulares. De acuerdo a lo que hemos expuesto anteriormente, estos sistemas se componen del sistema de regulación de las relaciones y el sistema de alianzas. En cuanto al primer aspecto, que determina el modo por el cual un conjunto humano estructura sus relaciones en una organización (Bernoux, 1985:149), analizaremos los modos diversos que ambos colectivos han escogido. Como un pequeño corolario, nos interesa también mostrar cómo uno de estos grupos -concretamente el de los Educadores- va construyendo desde posiciones institucionales marginales un determinado sistema de regulación de las relaciones que en coyunturas institucionales posteriores acabará “invadiendo” el sistema de acción concreto oficial. En el mismo sentido, observaremos que los sistemas de alianzas de uno y otro grupo en la institución presentan diferencias significativas, que nos permitirá percibir la complejidad de estos sistemas de alianzas en una organización.

Para poder identificar el sistema de regulación de las relaciones utilizado por los miembros del sector de rehabilitación, comenzaremos analizando las relaciones que se establecían entre Técnicos y Educadores. Si partimos del diseño establecido en los textos legales, los Educadores debían tener una dependencia formal respecto al resto del Equipo. Según lo que allí se expone, sus funciones eran las de “colaboradores directos e inmediatos de los Equipos de Observación y Tratamiento”. Pero este encuadramiento organizacional tenía una verificación irregular, que quebrantando este principio de dependencia, aparecía como una de las causas originales del conflicto. Un primer elemento para el análisis será pues esta tendencia de los Educadores a actuar de manera autónoma y hasta desvinculada del Equipo y, concretamente, de los Técnicos.
Esta divergencia entre la manera en que se realizaban las actividades de los Educadores y la formalidad legal estaba originada, por una parte, en la división del trabajo establecida por la institución que situaba a Educadores y Técnicos en una relación diversa respecto a la población interna. Más exactamente, esta división del trabajo inducía diferentes modos de inserción de ambos colectivos en el conjunto de la institución. Así, mientras que los Técnicos realizaban la mayor parte de su trabajo en despachos situados fuera de la zona de internamiento, las actividades de los Educadores se llevaban a cabo en gran medida en el “interior”. Como primera conclusión, de unas y otras actividades se derivaban grados diferentes de interacción con los internos, sobre cuyas consecuencias nos iremos extendiendo.

Estos grados diferentes de interacción con el “interior” introduce como elemento de análisis la segunda componente de los sistemas de acción concreto: los sistemas de alianzas. En el marco institucional, estos sistemas de alianzas involucran elementos pertenecientes a sus diversos sectores. En el caso de los Educadores, esta posibilidad surge como consecuencia directa de sus propias actividades. Por una parte, su relación con los internos adopta rasgos similares a los ya analizados en el modo de actuación institucional que denominábamos “tradicional”. Es decir, con las peculiaridades que más adelante señalaremos, la relación entre los miembros de este colectivo y los internos se realiza dando prioridad a los principios de intercambio, con marcada tendencia a la reciprocidad, y de relación.

Por contra, el relativo aislamiento físico de los Técnicos en las dependencias del Equipo disminuía la posibilidad de establecer relaciones informales con el resto del personal institucional, restringiéndose a las estrictamente derivadas de sus funciones. Como aspecto derivado, los Técnicos establecían sus relaciones en el seno de la institución preferentemente a partir de su rol institucional y no solían frecuentar los espacios informales de socialización o cuando lo hacían no era con una actitud propensa a estrechar vínculos con otros estamentos.

Pero además de estos condicionamientos organizacionales de los sistemas de alianzas, entre Educadores y Técnicos existían factores diferenciales derivados de su relación anterior con la institución. En este sentido la procedencia institucional de los Técnicos era (al menos en esta etapa) predominantemente externa a la institución, mientras que los Educadores habían trabajando con anterioridad como Funcionarios de vigilancia y habían accedido al nuevo empleo en concordancia con lo establecido reglamentariamente.(28) Esta procedencia funcionarial ofrecía a quienes ejercían el nuevo cargo una red social previa sobre la cual construir su inserción institucional. Pero al tratarse de un nuevo rol, la incor- poración al nuevo status suponía para los Educadores un cambio de estilo en su relación con la institución y sus miembros. En este sentido, al tratarse de figuras novedosas dentro del organigrama, se trataba de un proceso de construcción de una identidad institucional cuyo eje principal se establecía en torno a la definición reglamentaria de sus funciones. Esto nos lleva a considerar el sistema particular de regulación de las relaciones que en el caso de los Educadores adoptaba como elemento central -y podría decirse que emblemático- la cláusula reglamentaria que hacía referencia explícita a la discrecionalidad en el ejercicio sus funciones.(29)
Esta potestad, atributo reglamentario exclusivo de los Educadores, se constituirá en una de las señas de identidad principales adoptadas por este colectivo, a partir de la cual y a través del juego institucional irán definiendo su status en la organización.

Como corolario de los dos aspectos señalados, el proceso de consolidación de la identidad institucional de los Educadores se irá complementando con elementos diferenciadores referidos al resto del personal. Respecto a los Funcionarios de Vigilancia (en sentido genérico) las interpretaciones y actuaciones en el espíritu de la cláusula antes citada, aparecen como el principal elemento diferenciador. Máxime cuando lo que se daba era un cambio de status y era el mismo individuo que previamente desempeñaba en el ámbito institucional otras funciones, el que pasaba a ocupar otra posición, otro rol, entendidos como contrapuestas. Con respecto a los Técnicos, por un proceso complejo en el que nos extenderemos más adelante, que podría sintetizarse como una tentativa de evitar la cláusula que hacía referencia a la subordinación funcional del rol de Educador en su relación con aquellos.

El status de los Técnicos, sin embargo, aparecía bien definido y diferenciado por la institución. Los Técnicos eran quienes ocupaban los puestos de trabajo situados entre los mejor remunerados económicamente y desde el punto de vista de los demás miembros de la institución llevaban a cabo un trabajo “cómodo”, salvaguardado de los rigores de la prisión, específicamente de la interacción directa con los internos. Pero más allá de estas valoraciones formuladas por el resto del personal institucional, la inserción de los Técnicos en el conjunto de la institución se establecía a partir de las tareas que realizaban y que estaban claramente definidas en los textos legales. Claridad pués en la definición de sus roles y status, que otorgaba a los Técnicos de una identidad institucional incuestionable.

En el caso de los Educadores, por contra, esta claridad no existía. Además de los motivos que hemos ido exponiendo, los textos reguladores de las actividades del personal institucional no eran taxativos, limitándose a formular cual definición de sus funciones los principios de discresionalidad y de subsidiariedad respecto al resto del Equipo. Esta vaguedad en la definición de tareas hará que los miembros del grupo, al tiempo que van construyéndose una identidad institucional, lleven a cabo un proceso de autoasignación de funciones mediante la cual pretenden escapar de la cláusula de subordinación al resto del Equipo. Pero en este proceso la institución les deja un estrecho margen de actuación. El complejo entramado que constituye la asignación de tareas y roles derivado del diseño organizacional hace parecer que todas las tareas posibles de la institución están atribuidas a algunos de sus miembros. E introducirse en el juego de las acciones institucionales sobre este entramado supone incursionar en campos de actividad formalmente asignados a algún sector o miembro de la organización. Pero esta aparente asignación de tareas y roles es tan sólo un reflejo formal del diseño organizacional. Como hemos ido señalando en otras ocasiones, la realidad organizacional de esta asignación de tareas y roles es percibida en los sistemas de acción concreto de sus miembros. Y en esta forma de llevar a cabo el proyecto institucional estas asignaciones de tareas y roles se realizan de un modo irregular. De algún modo los miembros de la organización asumen con mayor intensidad unas tareas que otras, a pesar de que mantengan una vigilancia celosa de lo que consideran que formalmente es su campo competencial.(30)
En el caso de los Educadores, este peculiar fenómeno organizacional será el que les permita construir su propio campo de actividad, asumiendo o atribuyéndose competencias en aspectos que otros elementos de la institución han abandonado o no han asumido. Tareas como informar a los internos sobre su situación penal y penitenciaria eran un campo habitualmente incursionado por los Educadores, que amparándose en la desinformación de la población justificaban sus razones para ocupar ese terreno, mientras recibían las críticas de diversos sectores de la institución y específicamente de los Criminólogos, teóricamente encargados de esta función. Análogamente, las entrevistas con los internos que venían a suplir las escasas acciones de contención psicológica, llenaban parte de la jornada de Educadores y Asistentes Sociales y tenían como réplica la desaprobación de los Psicólogos del Equipo y otros miembros de la institución.(31)
El último aspecto al cual nos referiremos y que en lo sucesivo daría contenido formal a la acción de los Educadores son las actividades de tipo deportivo y cultural. Aunque tampoco este tipo de actividades les estuvieran reglamentariamente asignadas -de hecho en el Reglamento de 1981 aparecen como competencias de los Maestros- era el único campo que la institución en su conjunto consideraba “natural” que fuera ocupado por los Educadores. Bajo esta consideración, las actividades “deportivas y culturales” comienzan a ser el eje en torno al cual la institución comience a integrarlos oficialmente -aún con dificultades- como parte de su acción. Las “actividades” posibilitan a los Educadores una vía reconocida y tolerada institucionalmente para implantarse en la prisión. Este campo, abandonado por todos y no reclamado por ningún miembro, se convierte en el terreno ideal para que un grupo movilizado como era este comenzara un despliegue que, en condiciones más favorables, acabaría situando sus actividades en el sitio de las prioridades de la prisión.

Las “actividades”, por superfluas que parecieran o que fueran, otorgan a quienes las organizan un trato directo con la población internada. La marginalidad a la cual estaban sometidas en sus comienzos permitía que los vínculos que se establecían entre los internos y los Educadores se situaran en una informalidad distante del regimentalismo característico de la institución de aquellos momentos. El crecimiento cualitativo y cuantitativo de estas “actividades” generó una red interna que vinculaba internos e institución a través de unos canales no preferenciales. Aún cuando en algunos aspectos esta red hubiera adoptado aspectos de esa otra red tradicional a la que nos referíamos al comienzo -la de los “destinos”-, a diferencia de ésta tenía unas posibilidades de extensión que la red creada en torno a los “destinos” no poseía: mientras que los “destinos” eran puestos de trabajo escasos, las “actividades” en su inicial informalidad podían dar cabida a un número mucho mayor de internos.
Pero el aspecto principal a partir del cual las “actividades” afectarán al sistema de acción concreto oficial, derivará de las alteraciones que a través de ellas se comiencen a introducir en los dos pilares fundamentales de la acción institucional: el tiempo y el espacio.(32) Brevemente, las “actividades”, otorgadas como un subproducto a los miembros de un sector marginal de la institución llevan asociadas competencias de control por parte de éstos, desmarcándolas de la supervisión directa de los Funcionarios de vigilancia. A su vez, su aumento obligará a autorizar el uso de espacios que antes estaban bajo esa jurisdicción y que pasaban a ser jurisdicción de, por ejemplo, los Educadores. Pero además este aumento cuantitativo de las “actividades” obligará a autorizar -primero como excepción, que rápidamente se extenderá- a que se realicen en las bandas horarias restringidas: por ejemplo en aquellas horas en que según el horario institucional los internos debían estar en las celdas.

Conclusión
El panorama que hemos expuesto pretende mostrar la manera en que se operaba una coyuntura de intereses relativamente opuestos en una prisión. Aún cuando resulta evidente que el sector de “rehabilitación” no estaba en condiciones de ejercer una oposición consistente al sistema de acción concreto oficial, las actividades de este heterogéneo Equipo de Observación y Tratamiento -y más precisamente los subproductos de esos conflictos y esas actividades- servirán de base para los cambios que se avecinaban.
Más concretamente, resulta destacable el papel jugado en estos cambios por un subsector del Equipo (los Educadores) que, como hemos observado, durante todo el período analizado ocupaba posiciones marginales de la institución. Este aspecto que a primera vista resulta paradójico, señala precisamente el fenómeno organizacional que permitirá estos cambios. La rigidez de la estructura organizativa de la prisión coliga sus elementos de modo tal que dificulta los movimientos que contradigan las propias dinámicas generadas por la organización. La posición marginal desde la que intervienen los Educadores le permite llevar a cabo este juego que hemos expuesto en el cual tienen mayores posibilidades que otros elementos de la institución para contradecir y con ello innovar los sistemas de acción concretos de la prisión.
Pero su verdadera incidencia -en el sentido de una generalización que llegue a afectar al sistema de acción concreto oficial- se producirá en conjunción con otros cambios acaecidos en la institución.

El nuevo equipo directivo -sobrevenido de la dimisión del Director encausado por los hechos de la “huelga de brazos caídos”- que se propone afrontar la gestión de la prisión con intenciones renovadoras, encuentra un “interior” dividido en relación a los cambios propuestos. En esta división encuentra a un sector regimental reacio a los cambios, anclado en los sistemas de acción concretos que había avalado el anterior equipo directivo; a un sector de “rehabilitación” en una actitud ambigua y a un subsector de éste (los Educadores) dispuestos a entregarse como peones de los cambios propuestos y que ofrecía como soporte de estos cambios una vasta red social -hasta entonces sumergida- que a través de sus actividades habían ido creando en el “interior”. La supuesta consonancia de los sistemas de acción concretos practicados por este subsector con las políticas de gestión propuestas por el nuevo equipo directivo posibilitan esta conjunción de intereses que tendrá como producto más destacado la generalización institucional de un nuevo modelo de gestión fundamentado en la “rehabilitación”.


BIBLIOGRAFIA

Bernoux, Philippe. La sociologie des organisations. Points, París, 1985.

Bueno Arús, Francisco (ed.). Legislación penitenciaria. Civitas, Madrid, 1985.

Crozier, Michel y Friedberg, E. L’acteur et le système. París, Points, 1977.

Friedberg, Erhard. El análisis sociológico de las organizaciones. Montevideo, Claeh, 1984.

Goffman, Ervin. Internados. Ensayos sobre la situación social de los enfermos mentales. Buenos Aires, Amorrortu, 1984.

Lévi-Strauss, C. Las estructuras elementales del parentesco. Buenos Aires, Paidós, 1969.

Mauss, Marcel. Sociología y Antropología. Madrid, Tecnos, 1971.

Petit, François. Psicosociología de las organizaciones. Herder, Barcelona, 1984.

Velasco Maillo, H., Garcia Castaño, F.J. Diaz Rada, A. 1993. Lecturas de antropología para educadores, Trotta, Madrid.

Wolcott, H. F. “Sobre la intención etnográfica”, en Velasco Maillo, H.M. et al Lecturas de antropología para educadores, Madrid, Editorial Trotta, 1993.

Zino Torrazza, Julio. El discurrir de las penas. Instituciones y trayectorias sociales. El caso de la prisión. Tesis doctoral, Departament d’Antropologia, Facultat de Geografia i Història, Universitat de Barcelona, 1996.

Zino Torrazza, Julio. “Els continguts de la pena de presó: notes per a una anàlisi etnogràfica de la gestió institucional”, Justiforum, núm. 6 – II època, Barcelona, 1996.

Zurita García, Juan. “La redención de penas por el trabajo: controvertido origen y dudosa justificación actual”, Revista de Estudios Penitenciarios, Nº 241, Madrid, 1989.


Notas(1) Los hechos y coyunturas concretas que aquí se analizan toman como referente la Prisión Modelo de Barcelona. Un análisis más amplio en el mismo sentido se expone en la Tesis Doctoral El discurrir de las penas. Institución y Trayectorias sociales: el caso de la prisión de la cual soy autor y que fue presentada en febrero de 1996 en el Departamento de Antropología Social de la Universitat de Barcelona.

(2) La denominada “política de reinserción” aplicada entonces a estos internos consistía en que en aquellos casos en que hubiera una renuncia expresa a la “lucha armada”, ante la proximidad de la libertad condicional, los establecimientos penitenciarios informarían favorablemente su concesión.

(3) En parte, el espisodio de las autolesiones tenía como uno de sus objetivos dar al movimiento de protesta una trascendencia impactante en el exterior. Sin embargo, los contenidos informativos se diluyeron en titulares sensacionalistas que vagamente se hacían eco de las reclamaciones principales.

(4) Tardíamente, dos semanas después del decaimiento informativo de la protesta, la prensa informó de un suceso impactante: la muerte de dos presos en circunstancias dramáticas. Si bien el titular era elocuente -“dos reclusos se queman vivos para “vengarse” de la Modelo”- el contenido de la noticia informaba de una manera confusa sobre los hechos, relacionándolos de manera forzada con el movimiento que había estallado en días anteriores. Significativamente el relato noticioso restaba trascendencia a un dato característico de la prisión de ese período: los fallecidos eran internos “protegidos”. La conflictividad institucional había producido un aumento de las peticiones de internos para acogerse al régimen del artículo 32 del Reglamento (protección) para así evitar la dura interacción que suponía el régimen ordinario en determinadas galerías de la prisión. El fenómeno se dispara con tal intensidad que las autoridades de la prisión acaban habilitando una galería al completo para dar cabida a los “protegidos”. Ver Zino Torrazza (1996).

(5) Como observa Bernoux (1985:150-151) “las perspectivas necesariamente diferentes de unos y otros les llevan a oponerse a unos y a aliarse con los otros. (Un miembro de la organización) no solamente frecuentará a tal o cual persona sino que se aliará con ella. Es decir que, sin un compromiso oficial, tal actor para una determinada acción sabrá que puede contar con el apoyo de tal otro actor. No se trata de compromisos definitivos (…) pero cada uno sabe con seguridad con quien puede contar cuando un determinado tipo de acción se lleva a cabo”.

(6) En esto reside el aspecto fundamental de una investigación etnográfica que llevemos a cabo en una institución: “cada miembro de un grupo tiene una versión personal (si se prefiere una “teoría”) de como funcionan las cosas en un determinado grupo y de su “microcultura”. (…) Hay una diferencia entre la cultura tal y como es percibida por cualquier miembro del grupo y la cultura tal y como es atribuida por el etnografo a este mismo grupo. El etnógrafo intenta hacer explícita y describir en términos de la interacción social que se produce entre muchos individuos la microcultura de todo el grupo. (Dicho de otra manera), aquello que los diversos miembros conocen tan solo tácitamente y que comprenden individualmente” (Wolcott, 1993:133).

(7) Una circunstancia que, como veremos más adelante, aparecía como símbolo de una configuración concreta de la institución.

(8) El concepto de estrategia, procedente de la Teoría de Juegos, se define, de modo formal, “como un plan que especifica lo que un jugador hará en cada una de las posibles situaciones que puedan surgir en el curso de un juego. En un juego con un número finito de jugadas y un número finito de jugadores, cada uno de estos dispone de un número finito de estrategias” (Rappaport, 1981:83).
Estas estrategias, si bien tienen carácter racional, están limitadas por las características propias de cada individuo y, sobre todo, por su situación or- ganizacional. De ahí, “a) que el actor no puede aplicar una solución óptima -la mejor posible- conforme a la racionalidad, para lograr sus objetivos, en razón de las exigencias que pesan sobre él;
b) que, en consecuencia, adoptará la primera solución que responda a unos criterios mínimos de satisfacción, en función de los objetivos que persigue. El concepto de racionalidad limitada remite a la vez a las exigencias de la organización, a la posición del actor y a su personalidad: tres variables (…) que se combinan en la elección de los criterios de satisfacción” (Petit, 1984:112).
Es por esto que al hablar de estrategias que orientan actuaciones en una organización, debemos alejarnos de la idea de un jugador en un juego ideal, que de entrada ha definido sus objetivos, concibiendo un plan afinado y estricto para conseguir- los.

(9) Durante el episodio portavoces del gobierno autonómico declararon que las negociaciones del conflicto las llevaba directamente la dirección de la prisión, a pesar que el tema de las reivindicaciones era jurídico y que, por tanto, los cambios que se solicitaban no los podía realizar el gobierno autonómico. De este modo se deslindan dos escenarios del conflicto: uno cercano y concreto, la institución y otro lejano, el de las abstractas altas instancias del Estado.

(10) Ver Zurita García, 1989.

(11) En los términos utilizados por Goffman (1984), los “destinos” son el paradigma de las adaptaciones primarias a la institución: aquellas conductas o comportamientos que la institución espera de sus miembros.

(12) Desaparecidas en el nuevo ordenamiento estas “redenciones de penas” parecería que en el modo de operar de las prisiones lo que hemos denominado remuneraciones secundarias o subyacentes se convertirían en principales, permitiendo la reproducción y supervivencia del procedimiento.

(13) Como práctica habitual se requerían los “informes” de tres “guardias” -o turnos de Funcionarios de vigilancia- para tener en cuenta las peticiones.

(14) En este sentido, apunta Sykes (1971:48) que el ejercicio de la relación poder/obediencia, transforma el sistema social de la prisión en “un grupo territorial que vive bajo un régimen impuesto por las disposiciones de una minoría. Como una provincia que haya sido conquistada por la fuerza de las armas, la comunidad de los prisioneros tiene que aceptar la validez del régimen construido por estas reglamentaciones pero su sometimiento no es completo”.

(15) Estas diferentes fases del conflicto nos ilustran el modo concreto por el cual se realizan las relaciones entre grupos en la prisión. Los grupos que como en este caso, están definidos por sus oposiciones, tienden a regular el conflicto latente mediante las relaciones de intercambio. En el caso que nos ocupa estas relaciones están mediatizadas por el ejercicio del poder. En tal sentido el intercambio sería un vehículo a través del cual se manifiesta el principio de economía con que tiende a ejercerse el poder: “hay un vínculo, una continuidad entre las relaciones hostiles y la provisión de prestaciones recíprocas. Los intercambios son guerras resueltas por medios pacíficos y las guerras son el resultado de transacciones infructuosas” (Levi-Strauss, 1969:67). Abundando en el mismo sentido, señala Mauss (1971:261), “en las sociedades que nos han precedido o que nos rodean, e incluso en las costumbres de la moral popular, no se da término medio o se confía o se desconfía completamente (…). En estados de este tipo los hombres han renunciado a sí para entregarse a dar y devolver. Y esto es porque no tenían otra oportunidad. Dos grupos que se encontraban no podían más que separarse dando pruebas de desconfianza, lanzándose un desafío y batirse, o tratar”.

(16) En la estructura original, las galerías convergían a un espacio circular central en el cual estaba instalada una cabina, cuya visión “panóptica” la convertía en el lugar de supervisión del establecimiento. Esta cabina, denominada “centro” mantiene su denominación y también, como veremos, sus utilidades funcionales en la nueva configuración que introduce la reforma.

(17) La reforma de la estructura incluyó en la entrada de cada galería una cabina de control (“búnkers”) accesible sólo desde el exterior y que dejaba un pasillo de entrada y salida, regulado por dos puertas con mecanismos hidráulicos. El espacio entre una y otra puerta, denominado “entrecancelas”, permitía el control del flujo de personas que entraban o salían de la galería.
La reforma afectó también a los patios que fueron cubiertos por una malla metálica para dificultar los contactos entre interior y exterior de la prisión.

(18) Cada una de estas galerías, convertidas en una pequeña prisión, tenían el mismo dispositivo de control. Desde el búnker se controlaba el acceso y salida de personas y también se podía observar (aunque en algunas galerías con dificultades, dadas las dimensiones y el volumen de su población) los movimientos de internos por la planta y pisos de la galería. Los patios y las plantas, lugares principales de estancia de los internos durante las horas de apertura de celdas, estaban vigilados mediante la presencia física de Funcionarios, que cada tanto intercambian sus puestos con los que estaban en el búnker.

(19) Asimismo, en cada dependencia existía un “libro de servicios”, mediante el cual los Funcionarios se informaban mutuamente de las incidencias que hubieran sucedido durante su turno de trabajo, de las altas y bajas de la galería y del número de internos existente al final de sus servicios.
En el otro sentido, la circulación de la información utilizaba canales similares. Las “órdenes de Dirección” eran comunicadas por los Jefes de Centro (eventualmente, directamente por los Jefes de Servicios), centralizando y redistribuyendo las informaciones a los departamentos afectados. Las “órdenes” escritas se exponían en los tablones de anuncio de las galerías o en los búnkers, de acuerdo a su carácter y a quiénes fueran sus destinatarios. También se podía utilizar para estos fines el “libro de servicios”, si bien como canal específico de órdenes concretas o instrucciones dictadas directamente por el Jefe de Servicios.

(20) Como efecto derivado de esta política monopolizadora los procedimientos institucionales se enlentecían, al tener que someterse al cauce ascendente y descendente previa a su resolución.

(21) Esta manera de presentar el proyecto organizacional, trasluce una concepción de la función de las condenas inspirada en la formulación de la Constitución española de 1978: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados” (CE, art. 25.2). La LOGP, subsidiaria del texto constitucional, destaca en primer lugar la intención rehabilitadora de la prisión, recordando seguidamente lo que es una de sus funciones intrínsecas y obvias tratándose de penas privativas de libertad: la retención.

(22) Si bien en los ordenamientos legales anteriores a la LOGP aparecen ya definidos algunos de los elementos y actividades de este sector.

(23) El artículo 10 de la LOGP regula la aplicación de los “regímenes cerrados”, utilizados tradicionalmente en las prisiones como el núcleo duro del control interno de la institución. De acuerdo con la legislación, para la aplicación de este “regimen” era preceptivo un informe favorable del Equipo.

(24) La legislación establece que la Junta de Régimen se compone de unos miembros fijos, no elegibles directamente (el Director, que actúa como Presidente y los Subdirectores y el Jefe de Servicios más antiguo, como vocales) y dos vocales más, elegidos por votación entre los miembros de la plantilla de Funcionarios. Al menos hasta el nombramiento del primer Subdirector de Tratamiento (enero de 1987), la presencia de miembros del Equipo en las Juntas era inexistente, bien porque en la correlación de fuerzas del Centro ninguno de sus miembros dispondría de los votos suficientes para ser elegido, pero también porque, en caso de ser electo, integrarse en la Junta en aquel contexto significaba tener que comprometerse o enfrentarse con situaciones conflictivas.

(25) De ahí que el aumento del protagonismo del Equipo, en el sentido de cambiar la organización hacia una concepción más ligada a lo que en la legislación se denomina “Tratamiento”, dependa de manera principal del interés del Director (y por extensión de sus colaboradores más directos) en este cambio o de las influencias que sobre éste puedan tener, directa o indirectamente, los miembros del Equipo.

(26) En total, tres psicólogos, dos juristas- criminólogas, siete educadores, una asistente social y un pedagogo.

(27) Por una parte, durante este período de transición sucedió un hecho que afectó su credibilidad institucional: durante el último trimestre del año la jefe del Equipo era encausada judicialmente por cohecho, motivando su suspensión administrativa. Abierto este frente, las principales energías del sector se orientaron a su reestructuración, dejando en segundo plano otras acciones. Pero sobre este incidente puntual y sus consecuencias discurren otros conflictos más intrincados en la propia forma de organización que tenía el Equipo.

(28) Quienes ocupaban puestos de Educador habían cursado en su mayoría estudios universitarios relacionados con las ciencias sociales o el derecho y habían accedido al puesto de trabajo de acuerdo a la vía prevista en el Reglamento: “los Educadores son funcionarios de los Cuerpos de Instituciones Penitenciarias con una capacitación específica para tal función…”.

(29) De acuerdo con la definición de funciones de los Educadores, “mientras desempeñen tal puesto de trabajo, están excluidos de funciones de régimen interior del Establecimiento. Si tuvieren conocimiento de faltas reglamen- tarias, salvo aquéllas que constituyan delito o pongan en grave peligro el orden general o la seguridad del Establecimiento, actuarán con un criterio de discrecionalidad tratando de armonizar su deber de funcionarios con el fin principal del tratamiento y la correspondencia a la confianza que hayan depositado en ellos los internos” (art. 298 RP).

(30) Este fenómeno que encontraríamos en cualquier tipo de organización es un reflejo de lo que se denomina zona de incertidumbre: una zona de relaciones que queda “oculta” de las reglamentaciones oficiales (Friedberg, 1988:23).

(31) En consonancia con las dos tendencias anteriores, la propensión de los Educadores a redactar informes de conducta solicitados por el Equipo con apreciaciones psicológicas, sociales o criminológicas, como aportaciones afines a su formación, era censurada por los Técnicos argumentando que al actuar de ese modo invadían su campo o bien el propio de los Asistentes Sociales, recalcando que la institución les reconocía a ellos la exclusividad de las formulaciones derivadas de esas ciencias y forzando sus razones, pretendían que los informes de los Educadores se ciñeran específicamente al registro de las conductas y las trayectorias institucionales de los internos. Los argumentos que los Educadores esgrimían para incursionar en aquellas consideraciones era que de ese modo equilibraban un vacío de información que los Técnicos -dado el colapso burocrático de aquellos momentos- no podían llenar y que hacía que la perspectiva desde la cual se decidían clasificaciones o permisos fuera sesgada y perjudicial para los intereses de los internos.

(32) Ver Zino Torrazza, 1996.


Enguany les pràctiques de l’assignatura Transmissió Cultural i Educació les hem dedicat a conèixer i posar en pràctica la metodologia dels Relats Digitals (RD). Durant quatre sessions vam estar treballant en l’elaboració dels guions, en el coneixement del programari per l’enregistrament i edició de so i per l’edició de vídeo.

El resultat ha estat aquests relats digitals (RD) que ofereixen un panorama molt variat i que mostren la potencialitat de la metodologia i el seu interès com a via per a reflectir situacions viscudes pels autors, els seus interessos i inquietuds, els seus punts de vista, convertint-se a la vegada en una eficaç eina d’expressió i comunicació. Els relats, tot i el seu to intimista i personal, connecten les experiències personals amb un marc social el qual fa que s’estengui la seva significació i tot convertint la subjectivitat en un diàleg de subjectivitats, una intersubjectivitat.

Presentem a continuació les produccions d’aquest curs (i al final un RD meu, fet fa uns anys, que es un petit record del meu pare).

  • Alba: “La música a casa”

  • Agnès: “Fotografiar”

  • Aïda: “Amanecer en Tulum”

  • Ana: “La vida es un carnaval”

  • Aurora: “India 2013”

  • Berta: “La meva experiència com a Brigadista”

  • Cristina: “El día que vi el mar lleno de chapapote”

  •   Hermí­nia: “Compartir pis a Barcelona”

  • Miquel: “Un estiu a França…”

  • Júlia: “Uno de noviembre, la gran ciutat”

  • Sebastià: “És temps de festa a Llubí”

  • Teresa: “Cinc generacions”

  • Violeta: “Cloro”

  • Julio: “Camilo y su abuelo”

El contingut està protegit amb contrasenya. Per veure’l, introduïu la contrasenya a continuació:

El contingut està protegit amb contrasenya. Per veure’l, introduïu la contrasenya a continuació:

“Todos somos extranjeros”

Tzvetan Todorov (octubre de 2008)

[…] Los extranjeros tienen el deber de someterse a las leyes del país en el que viven, aunque no participen en la gestión del mismo. Las leyes, por otra parte, no lo dicen todo: en el marco que definen, caben los miles de actos y gestos cotidianos que determinan el sabor que va a tener la existencia. Los habitantes de un país siempre tratarán a sus allegados con más atención y amor que a los desconocidos. Sin embargo, estos no dejan de ser hombres y mujeres como los demás. Les alientan las mismas ambiciones y padecen las mismas carencias; sólo que, en mayor medida que los primeros, son presa del desamparo y nos lanzan llamadas de auxilio. Esto nos atañe a todos, porque el extranjero no sólo es el otro, nosotros mismos lo fuimos o lo seremos, ayer o mañana, al albur de un destino incierto: cada uno de nosotros es un extranjero en potencia.

Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera”.

Extracto del discurso completo de Tzvetan Todorov, premio Príncipe de Asturias 2008 de Ciencias Sociales.

Max Weber: “Conceptos sociológicos fundamentales”, en Economía y sociedad

[1922], (1944), Fondo de cultura económica. México.

 

“Debe entenderse por sociología (en el sentido aquí aceptado de esta palabra, empleada con tan diversos significados): una ciencia que pretende entender, interpretándola, la acción social para de esa manera explicarla causalmente en su desarrollo y efectos. Por ‘acción’ debe entenderse una conducta humana (bien consista en un hacer externo o interno, ya en un omitir o permitir) siempre que el sujeto o los sujetos de la acción enlacen a ella un sentido subjetivo. La ‘acción  social’, por tanto, es una acción en donde el sentido mentado por el sujeto o los sujetos está referido a la conducta de otros, orientándose por ésta en su desarrollo.” (ES. p. 5)

 

“Por ‘sentido’ entendemos el sentido mentado y subjetivo de los sujetos de la acción (…). En modo alguno se trata de un sentido ‘objetivamente justo’ o de un sentido ‘verdadero’ metafísicamente fundado. Aquí radica precisamente la diferencia entre las ciencias empíricas de la acción, la sociología y la historia, frente a toda ciencia dogmática, jurisprudencia, lógica, ética, estética, las cuales pretenden investigar en sus objetos el sentido ‘justo’ y ‘válido'”.(ES. p. 5)

 

“Llamamos ‘motivo’, a la conexión de sentido [contexto de significado] que para el actor o el observador aparece como ‘fundamento’ con sentido [significativo] de una conducta”. (ES p. 10)

 

“La acción social (incluyendo tolerancia u omisión) se orienta por las acciones de los otros, las cuales pueden ser pasadas, presentes o esperadas como futuras (venganzas por previos ataques, réplica a ataques presentes, medidas de defensa frente a ataques futuros). Los ‘otros’ pueden ser individualizados y conocidos o una pluralidad de individuos indeterminados y completamente desconocidos.”(ES. p. 18)

 

“No toda clase de acción -incluso de acción externa- es social en el sentido aquí admitido. Por lo pronto no lo es la acción exterior cuando sólo se orienta por la expectativa de determinadas reacciones de objetos materiales. La conducta íntima  es acción social solo cuando está orientada por las acciones de otros”. (ES. p. 18)

 

“La acción social, como toda acción, puede ser: 1) racional con arreglo a fines: determinada por expectativas en el comportamiento tanto de objetos del mundo exterior como de otros hombres, y utilizando esas expectativas como “condiciones” o “medios” para el logro de fines propios racionalmente sopesados y perseguidos. 2) racional con arreglo a valores: determinada por la creencia consciente en el valor – ético, estético, religioso o de cualquier otra forma como se le interprete- propio y absoluto de una determinada conducta, sin relación alguna con el resultado, o sea, puramente en méritos de ese valor. 3) afectiva, especialmente emotiva,  determinada por afectos y estado de sentimientos actuales, y 4) tradicional: determinada por una costumbre arraigada”. (p. 20)

 

“Por ‘relación’ social debe entenderse una conducta plural –de varios—que, por el sentido [significado] que encierra, se presenta como recíprocamente referida, orientándose por esa reciprocidad. La relación social consiste, pues plena y exclusivamente, en la probabilidad de que se actuará socialmente en una forma (con sentido) [significativa] indicable, siendo indiferente, por ahora, aquello en que la probabilidad descansa.” (ES. p. 21)

EMILE DURKHEIM (1895): Las reglas del método sociológico

 

Cap. I: “¿Qué es un hecho social?”

 

Antes de indagar el método que conviene al estudio de los hechos sociales, es preciso saber a qué hechos se da este nombre.

La cuestión es tanto más necesaria, en cuanto se emplea aquel calificativo sin mucha precisión; se le emplea corrientemente para designar a casi todos los fenómenos que ocurren en el interior de la sociedad, por poco que a una cierta generalidad unan algún interés social. Pero, partiendo de esta base, apenas si podríamos encontrar ningún hecho humano que no pudiera ser calificado de social. Todo individuo bebe, duerme, come, razona, y la sociedad tiene un gran interés en que estas funciones se cumplan regularmente. Si estos hechos fueran, pues, sociales, la sociología no  tendría objeto propio, y su dominio se confundiría con el de la biología y el de la psicología.

Pero, en realidad, en toda sociedad existe un grupo determinado de fenómenos que se distinguen por caracteres bien definidos de aquellos que estudian las demás ciencias de la Naturaleza.

Cuando yo cumplo mi deber de hermano, de esposo o de ciudadano, cuando ejecuto las obligaciones a que me he comprometido, cumplo deberes definidos, con independencia de mí mismo y de mis actos, en el derecho y en las costumbres. Aún en los casos en que están acordes con mis sentimientos propios, y sienta interiormente su realidad, ésta no deja de ser objetiva, pues no soy yo quien los ha inventado, sino que los he recibido por la educación. ¡Cuántas veces sucede que ignoramos el detalle de las obligaciones que nos incumben, y para conocerlas tenemos necesidad de consultar el Código y sus intérpretes autorizados! De la misma manera, al nacer el creyente ha encontrado completamente formadas sus creencias y prácticas; si existían antes que él, es que tienen vida independiente. El sistema de signos de que me sirvo para expresar mi pensamiento, el sistema de monedas que uso para pagar mis deudas, los instrumentos de crédito que utilizo en mis relaciones comerciales, las prácticas seguidas de mi profesión, etc., funcionan con independencia del empleo que hago de ellos. Que se tomen uno tras otros los miembros que integran la sociedad, y lo que precede podrá afirmarse de todos ellos.

He aquí, pues, maneras de obrar, de pensar y de sentir, que presentan la importante propiedad de existir con independencia de las conciencias individuales.

Y estos tipos de conducta o de pensar no sólo son exteriores al Individuo, sino que están dotados de una fuerza imperativa y coercitiva, por la cual se le imponen, quieran o no. Sin duda, cuando me conformo con ellos de buen grado, como esta coacción no existe o pesa poco, es inútil; pero no por esto deja de constituir un carácter intrínseco de estos hechos y la prueba la tenemos en que se afirma, a partir del momento en que intentamos resistir. Si yo trato de violar las reglas del derecho, reaccionan contra mí para impedir mi acto si todavía hay tiempo, o para anularlo y restablecerlo en su forma normal si se ha realizado y es reparable, o para hacérmelo expiar si no puede ser reparado de otra manera. ¿Se trata de máximas puramente morales? La conciencia pública impide todo acto que la ofenda, por la vigilancia que ejerce sobre la conducta de los ciudadanos y las penas especiales de que disºpone.  En otros casos la coacción es menos violenta, pero existe. Si yo no me someto a las convenciones del mundo, si al vestirme no tengo en cuenta las costumbres seguidas en mi país y en mi clase, la risa que provoco, el aislamiento en que se me tiene, producen, aunque de una manera más atenuada, los mismos efectos que una pena propiamente tal. Además, no por ser la coacción indirecta, es menos eficaz. Yo no tengo obligación de hablar en francés con mis compatriotas, ni de emplear las monedas legales; pero me es imposible hacer otra cosa. Si intentara escapar a esta necesidad mi tentativa fracasaría miserablemente. Industrial, nada me impide trabajar con procedimientos y métodos del siglo pasado; pero si lo hago me arruinaré sin remedio. Aun cuando pueda liberarme de estas reglas y violarlas con éxito, no lo haré sin lucha. Aun cuando pueda vencerlas definitivamente, siempre hacen sentir lo suficiente su fuerza coactiva por la resistencia que oponen. Ningún innovador, por feliz que haya sido en su empresa, puede vanagloriarse de no haber encontrado obstáculos de este género.

He aquí, pues, un orden de hechos que presentan caracteres muy especiales: consisten en maneras de obrar, de pensar y de sentir, exteriores al individuo, y que están dotadas de un poder coactivo, por el cual se le imponen. Por consiguiente, no pueden confundirse con los fenómenos orgánicos, pues consisten en representaciones y en acciones; ni con los fenómenos psíquicos, que sólo tienen vida en la conciencia individual y por ella. Constituyen, pues, una especie nueva, a que se ha de dar y reservar la calificación de (sociales). Esta calificación les conviene, pues no teniendo al individuo por substrato, es evidente que no pueden tener otro que la sociedad, ya a la política en su integridad, ya a algunos de los grupos parciales que contiene, confesiones religiosas, escuelas políticas, literarias, corporaciones profesionales, etc. Además, podemos afirmar que sólo conviene a ellos, pues la palabra social, sólo tiene un sentido definido a condición de designar únicamente fenómenos que no entran en ninguna de las categorías de hechos constituidos y calificados. Constituyen, pues, el dominio propio de la sociología. Es verdad que la palabra coacción, con la cual los definimos, corre riesgo de asustar a los partidarios entusiastas de un individualismo absoluto. Como estos creen que el individuo es perfectamente autónomo, consideran que se aminora su valor, siempre que se intenta hacerlo depender de algo que no sea él mismo. Más siendo hoy ya incontestable que la mayoría de nuestras ideas y tendencias no son elaboradas por nosotros, sino que provienen del exterior, es evidente que sólo pueden penetrar en nosotros, por medio de la imposición: esto es cuanto significa nuestra definición. Además, es cosa sabida que toda coacción social no es necesariamente exclusiva de la personalidad individual.

Sin embargo, como los ejemplos que acabamos de citar (reglas jurídicas, morales, dogmas religiosos, sistemas financieros, etc.), consisten todos en creencias y en prácticas constituidas, de lo que antecede podría deducirse que el hecho social ha de ir acompañado forzosamente de una organización definida. Pero existen otros hechos que, sin presentar estas formas cristalizadas, tienen la misma objetividad y el mismo ascendiente sobre el individuo. Nos referimos a lo que se ha llamado corrientes sociales. Por ejemplo: en una asamblea, los grandes movimientos de entusiasmo, de indignación, de piedad, que se producen, no se originan en ninguna conciencia particular. Vienen a cada uno de nosotros del exterior, y son capaces de arrastrarnos aun contra nuestro deseo. Sin duda, puede suceder que si me abandono a ellos sin reserva, yo no sienta la presión que ejercen sobre mí. Pero aparece desde el momento en que intente resistirlos. Que un Individuo trate de oponerse a una de estas manifestaciones colectivas, y los sentimientos que niega, se vuelven en su contra. Ahora bien, si esta fuerza de coerción externa se afirma con tal claridad en los casos de resistencia, es que existe, aunque inconsciente, en los casos contrarios. Entonces somos víctimas de una ilusión que nos hace creer que hemos elaborado por nosotros mismos lo que se nos impone desde fuera.

[…]

De otra parte, para confirmar con una experiencia característica esta definición del hecho social, basta observar la manera como son educados los niños. Cuando se miran los hechos tales como son y como siempre han sido, salta a los ojos que toda educación consiste en un esfuerzo continuo para imponer a los niños maneras de ver, de sentir y de obrar, a las cuales no habrían llegado espontáneamente. Desde los primeros momentos de su vida les obligamos a comer, a beber, a dormir en horas regulares, a la limpieza, al sosiego, a la obediencia; más tarde les hacemos fuerza para que tengan en cuenta a los demás, para que respeten los usos, conveniencias; les coaccionamos para que trabajen, etcétera. Si con el tiempo dejan de sentir esta coacción, es que poco a poco origina hábitos y tendencias internas que la hacen inútil, pero que sólo la reemplazan porque derivan de ella. Es verdad que, según Spencer, una educación racional debería reprobar tales procedimientos y dejar en completa libertad al niño; pero como esta teoría pedagógica no ha sido practicada por ningún pueblo conocido, sólo constituye un desiderátum personal, no un hecho que pueda oponerse a los hechos que preceden. Lo que hace a estos últimos particularmente instructivos, es el tener la educación precisamente por objeto el constituir al ser social; en ella se puede ver, como en resumen, la manera como en la historia se ha constituido este ser. Esta presión de todos los momentos que sufre el niño es la presión misma del medio social que tiende a moldearlo a su imagen y del cual los padres y los maestros no son más que los representantes y los intermediarios.

[…]

Nuestra definición comprenderá todo lo definido, si decimos: Hecho social es toda manera de hacer, fijada o no, susceptible de ejercer sobre el individuo una coacción exterior; o bien: Que es general en el conjunto de una sociedad, conservando una existencia propia, independiente de sus manifestaciones individuales.